Archivo de la categoría: Desafios

Amor entre placas, o una historia de montañas

Las trompetas anunciaban el comienzo de la colisión entre las placas tectónicas, estaba a punto de empezar la colisión en nada, en los próximos 2 millones de años se empezarían a notar los primeros indicios de las nuevas montañas. Las placas, que son com las madres de las montañas, estaban encantadas de haberse conocido, hacía solo pocos millones de años que se adivinaban en la distancia, y no habían podido dejar de pensar la una en la otra.

En aquella época las placas no tenían teléfono móvil y no podían hablarse, pero si hubieran podido hacerlo la factura habría sido enorme. Las dos placas pensaban continuamente en su nueva pareja,  y si hubieran podido hablar las sesiones de “cuelga tú” habrían sido eternas incluso en términos de tiempos de placas y montañas. Habrían sido como:

– Cuelga tú…
– No, no, cuelga tú, que yo no quiero ser la primera en colgar.
– Que no, que cuelgues tú, que a mi me da cosa y se me solidifica la lava y me sienta fatal, me salen arrugas, anda cuelga tú.
– Que no, que cuelgues tú, que hace 500.000 años ya colgué yo

En fin, los enamorados son así.

Así que después de unos miles de años de espera, las placas chocaron, el terremoto fue brutal, como cuando haces el amor por primera vez. A las placas les recorrió un hormigueo por todas partes, y los pobres habitantes sufrieron verdaderas calamidades. Fueron miles de años de terremotos, de hundimientos, de inundaciones y explosiones, pero las placas estaban encantadas y no porque no fueran sensibles sino porque ellas no sabían nada de eso.

Siglos de terremotos, pasión entre placas, y poco a poco empezaron a notarse las montañas, el choque de las placas produjo esta vez solo dos montañas, no cordilleras sino solo dos montañas.

La verdad es que eran dos montañas preciosas, en realidad eran mas dos colinas redondeadas, casi perfectas. Era posible anticipar la cantidad de historias de amor que se podrían vivir en esas colinas, mirando al nuevo paisaje que ellas dibujaban sobre el horizonte.

Pero las placas estaban muy decepcionadas, después de aquella colisión, aquellos terremotos, y tantas desgracias haber producido solo dos montañas les parecía un desperdicio.

Empezaron a discutir entre ellas, que si la culpa era de tu caliza, o que si era la mía. Que si tu lava no estaba lo suficientemente caliente o que la tuya no fluía adecuadamente.

Las placas empezaron a disgustarse, empezaron a reprocharse una a la otra, y poco a poco se fueron alejando, no habían pasado ni 5 millones de años y ya ni se acordaban de lo momentos de cuelga tú, de la pasión o de los terremotos. Se dieron la espalda y ni siquiera se despidieron, cada una tomó una dirección diferente para no volverse nunca mas.

Las dos montañas, perdón, las dos colinas se quedaron solas colgadas en medio de la nada como flotando en el aire. Una enfrente de la otra sin saber que pensar, sin saber que hacer (las montañas, sin sus placas no pueden crecer, y se hunden).

Las montañas intentaron sujetarse la una a la otra, como abrazándose para compartir la tristeza, pero poco a poco se fueron hundiendo. De hecho están todavía hundiéndose y si algún milagro no lo remedia solo les quedan 6 millones de años de existencia.

Lo que no saben las montañas es que las placas son muy poco estables y tan pronto se alejan como se acercan, y es posible que dentro de nada vuelvan a acercarse, y de nuevo surjan terremotos, inundaciones y otras desgracias que no serán mas que la consecuencia de la pasión irrefrenable de las placas a las que no les funciona la memoria y cada vez que chocan es para ellas como la primera vez, y puede que en uno de esos “cuelga tú” las dos montañas sobrevivan y se conviertan en una cordillera que viva feliz por lo menos 100.000 millones de años.

 

Siempre estaba soñando

Siempre estaba soñando con cómo sería su vida fuera de la jaula, se pasaba las horas mirando entre los alambres que la daban forma.

Cuando salía el sol, como siempre por el este, el se despertaba como automáticamente, no necesitaba despertador y en seguida empezaba su rutina. Primero un baño en el agua fresca de la bañera, jamás se preocupó de cómo se limpiaba la bañera o como se cambia el agua. Era una delicia sentir como el agua se mezclaba con los rayos de sol entre sus plumas.

Un buen rato después, cuando había disfrutado todo lo posible del baño, se dejaba secar al sol. Primero el ala derecha, luego la izquierda, a continuación el pecho, y por último dejándose colgar desde la barra que recorría de un lado a otro la jaula como si fuera un murciélago, conseguía que el sol le secara la tripa.

Una vez seco y brillante, no tenía más que acercarse al comedero donde siempre había grano fresco, y siempre de su marca favorita. Su dueña había aprendido que si cambiaba de marca el dejaba de cantar.

Con la tripa llena, las plumas acicaladas y el sol en el pico se acercaba al borde de la jaula y cantaba durante horas. Le gustaba mucho cantar le hacía sentirse feliz, lo hacía tan bien que su dueña se quedaba absorta mirándolo y escuchando sus cantos.

Cuando necesitaba descansar se refugiaba en su casita de madera donde siempre le esperaba su compañera. Ella era estupenda el sueño de cualquiera. Siempre a su lado, siempre cuidándolo.
Las tardes eran siempre de siesta hasta que se ponía el sol y sentía la necesidad de cantar de nuevo, volvía a acercarse al borde de la jaula y cantaba al atardecer. Parecía que el sol hervía sobre el mar con cada puesta de sol pero en lugar del bullir de las burbujas de agua lo que todo el barrio oía era su canto.
Cuando la noche se hacía con el cielo era cuando empezaba su tortura, en especial si había luna llena. Su mente se disparaba y se llenaba de sueños y aventuras, pensaba en cómo sería su vida alejado de la deliciosa rutina diaria.

Unos días pensaba en como viviría libre en la ciudad, volando de ventana en ventana, eligiendo con quien quería compartir sus canciones. Sabía, por qué se lo contó una vez su padre, que la vida en la ciudad podía ser muy dura, que a veces llovía, incluso recordaba que una vez vio nevar desde la ventana y pensó en el frío que haría en la calle. También sabía que había gatos que se alimentaban de los de su clase y que hacían que la vida en la calle estuviera llena de estrés y tensión. A pesar de todo soñaba con poder dejar la jaula y escapar a vivir en la ciudad.

Otras veces soñaba con viajar en un barco, mejor aún, a veces el barco era de piratas. Dos veces estuvo a punto de ser acribillado por una flecha en una de las batallas que habría librado en defensa de la libertad y la justicia , eso era lo que soñaba poder contar junto a una hoguera en una playa del caribe a los más jóvenes.

Tenía otros muchos sueños, siempre llenos de aventuras, emociones, y mucha pasión. Pero quién iba a cambiar una vida perfecta en la que era feliz por otra llena de incertidumbres, peligros y desventuras. Había que ser idiota para cambiar su vida por esos sueños. Pero en el fondo el se sentía triste porque no podía cambiar de vida, vivía en una jaula.

Aunque lo que más triste y hundido lo dejaba cada noche, era que en el fondo de su corazón sabía que en realidad, la cerradura de la puerta de la jaula estaba rota, y para salir sola había que empujarla y volar.

Pablo y su mantita

Baje al trastero del garaje para buscar unas tablas para hacer una chapuza. Ahí estaban, arrinconadas en la zona de trastos guardados por si acaso en un futuro… No me acordaba bien donde estaban y cuando las encontré y las baje de lo más alto del estante.  Separé las que estaban rotas y cuando la vi,  todo se paró. Apareció  una sonrisa que tenía olvidada y volví veinte años atrás.

Pablo y su mantita”, agosto del 96. Un título para un dibujo hecho por mí a línea, sobre una simple tabla de contrachapado preparada burdamente con Gesso blanco.  Me acordé de cuando lo había hecho. Me acordé  de  su momento.

Sólo línea.

pablo y su mantita blanco y negro peque

Sin color.

Y era yo, detrás, observando la paz que transmitía su sueño, sus juguetes, sus cosas  y su eterna mantita azul cielo que chupaba y tocaba hasta caer en ese sueño  gozoso que sólo un bebe sabe tener.

Y yo había hecho eso. Había querido capturar ese momento, esa energía.

Me emocioné. Tenía  guardado esa tabla como si nada. Sólo en el trastero, me quede quieto.

Subí las tablas a casa. No dije nada al principio. Bromee con lo que había encontrado. Pablo salió al pasillo, la vio y sonrió con esa sonrisa de medio lado divertida muy Bond que ha echado estos veinte años.

Y lo vi claro. La tabla tenía que ser a color. Porque mi recuerdo era a color. Porque esos momentos eran a color.

Pero las líneas tenían un hechizo especial como el de las fotos sesenteras en blanco y negro de mis padres. Tenían vida propia también. Si las coloreaba a lo mejor lo que hacía era cambiar el pasado y  las cosas ya no serían igual

Cogí el ipad y sobre una foto de esa tabla dibujé otra vez a “Pablo y su mantita”. Pero esta vez con color.

pablo y su mantita color peque

Porque tengo la “Buena Suerte” de que he vivido y vivo siempre con color y no siempre me doy cuenta.

Gracias, mantita de Pablo.

Rayos verdes, ballenas, sirenas, canciones, etc.

Aquí está el desafío para el dibujante, veremos como lo resuelve el dibujista, este cuento tiene de todo.

Aquella tarde se acercó al mirador, quería buscar el rayo verde. Conocía la leyenda de los marineros de su pueblo, contaban que cuando navegaban más allá del cabo de la Labarca en busca de anchoas, y si el día había sido bueno, entonces podían dejar de trabajar un rato antes de la puesta de sol y sentados con los pies colgados por la borda de poniente, a veces, si había suerte, se podía ver el rayo verde en el horizonte. Los marineros decían que sí veías el rayo verde entonces las sirenas saltaban sobre el barco y cantaban canciones de amor junto a los marineros toda la noche.

El estaba lejos del mar así que no corría peligro de que alguna sirena lo asaltara, al fin y al cabo él no quería líos, sólo estaba allí para disfrutar de la vista.

El sol empezaba a bajar en el horizonte. Estaba un poco intranquilo, pensando en no dejar de mirar al sol, sabía que el rayo solo dura uno o dos segundos.
Hacía mucho viento y el mar estaba muy movido, casi parecía que el viento y el mar compartían su nerviosismo.

El miraba al mar y a veces le parecía ver saltar delfines entre las olas, o quizás serían sirenas preparándose para saltar sobre los barcos ahora que el sol se acercaba al punto del horizonte donde nace el rayo verde.
El sol ya tocaba el mar en el horizonte, quedaban pocos minutos para que se oculte del todo, y él se decidió a no perderlo de vista ni un segundo. Hizo un esfuerzo enorme para no parpadear, y cuando el rayo verde estaba a punto de aparecer un golpe de viento lo levantó por el aire y lo tiró al mar, allí una ballena enorme lo recibió con la boca abierta y se lo tragó.

La ballena se sumergió a toda velocidad y antes de que pudiera darse cuenta se encontraba en una cueva bajo el mar. No era una cueva oscura, ni triste, ni agobiante. Parecía más bien la entrada a un palacio. En la puerta había dos soldados con un tridente de chocolate que cuando se acercó a ellos le abrieron el paso y la puerta. El atravesó la puerta y entró en la calle de las canciones, era como si las casas no fueran casas sino canciones. Estaban todas sus canciones, desde las que le cantaba su madre en la cuna hasta la última que había escuchado, pasando por supuesto por las de su primer beso, o la primera cena romántica. En una boca calle un poco más oscura estaban las canciones tristes, pero no quiso ni acercarse.

Siguió andando por la calle de las canciones hasta que llegó al merendero, ya sabes esas mesas de madera que tienen banco y que hay siempre en los merenderos. Se sentó y al poco se le acercaron dos sirenas y empezaron a cantar para él mientras los camareros le traían una cerveza suave.
No recordaba cuanta cerveza había bebido, ni cuantas canciones cantó con las sirenas, sólo recordaba que fue una noche deliciosa. Si es verdad que lo de salir por los aires y ser tragado por una ballena no suena a buen recuerdo, pero eso fue sólo un segundo, y las canciones y la cerveza duraron toda la noche. El había amanecido en su cama, a pesar de todo no tenía resaca, y se levantó de muy buen humor. Estuvo todo el día recordando lo que había vivido y pensando sobre sí volvería al mirador a buscar el rayo verde. Le dio tantas vueltas que parecía que se había quedado mudo. Finalmente tomó una decisión.

Si alguna vez vas al mirador, y ves el rayo verde, cuidado con el viento y sobre todo con las ballenas.

Un desafío en un tren con luna llena

Aquí está el nuevo desafío para el dibujista, un tren y mucha luna:

Carlos se había vuelto a quedar dormido en la estación. Le despertó una señora mayor que se sentó a su lado y le dio un bolsazo en la cara. Afortunadamente, en la bolsa solo había un sombrero de paja y fueron más el susto y el ruido que el golpe. Cuando miró el reloj, salió corriendo hacia el andén. Su tren estaba a punto de salir. Según corría, se imaginaba a si mismo cogiendo el tren en marcha, tirando su maleta al pescante y luego saltando. Pero hoy los trenes ya no son así, hay que correr antes de que el tren empiece a andar. Quizás los trenes ya no son aquellos animales mitológicos que cantaba Miguel Ríos.

Carlos llegó por los pelos y, cuando localizó el asiento 8B, se quedó sorprendido al ver a su compañera del 8A. Era la vieja que le había despertado en la estación. ¿Cómo había llegado ella hasta allí? Iba llena de bolsas, parecía tener 88 años y se movía con dificultad, incluso parecía que los temblores de sus manos indicaban un parkinson avanzado.

Sin poder decir nada, sin nada que se le ocurriera, se sentó junto a la anciana. Los primeros minutos fueron de silencio, pero enseguida la señora empezó a hablar con él. Le contó que iba a Madrid a ver a sus bisnietos, estaban a punto de hacerla tatarabuela, y no quería por nada del mundo perderse el nacimiento de su descendiente número 140. (6 hijos, 36 nietos, y ya iba por 139 bisnietos).

Carlos no sabía que pensar, lo de que Lucía, así se llamaba la anciana, hubiera llegado antes que él le tenía loco, pero por otro lado no podía ser una viejecita más pesada y aburrida. La conversación no era nada interesante, ella le hablaba de cada uno de sus hijos, de los nietos no se acordaba del nombre de muchos, y de los bisnietos ni hablamos.

Solo faltaban dos horas y media de viaje, Carlos pensaba que iban a ser eternas. A cada minuto, Lucía se le hacía más y más insoportable. Cuando estaba pensando en darle una voz a la vieja y decirle que se callara de una vez, ella le cogió el dedo meñique y, de repente, se transformó en una mujer espectacular. Si yo supiera escribir, os diría que era la reencarnación de Ava Gadner, pero con unos ojos aún más poderosos que los que tenía la diva de los 40.

Carlos se quedó obnubilado sin poder apartar la vista de los ojos de Lucía o quien fuera. Sin poder evitarlo empezó a hablar con ella sobre sus sentimientos más profundos, sobre cómo sobrevivir al amor. Carlos estaba perdidamente enamorado de una mujer con la que sabía que nunca podría estar. Alejandra estaba casada, no sabemos si felizmente, pero si casada y tenía 4 niños. Así que Carlos sabía que lo suyo era imposible.

Empezó a hablar con Lucia de como, cada mañana, él se despertaba pensando en Alejandra, con un punto siempre de tristeza, pero luego empezaba el día y su trabajo lo absorbía y parecía que la olvidara. Pero cada vez que durante el día Carlos tenía un segundo de descanso, y su mente se quedaba en blanco siempre aparecía como por arte de magia el sentimiento y el recuerdo de Alejandra.

Parecía que Lucía lo entendía. Ella era comprensiva, y Carlos sintió que no tenía mas que explicar, por fin una amiga le había entendido. Estuvieronn un buen rato riendo y compartiendo recuerdos y aventuras apasionadas. Lucía había estado cientos de veces enamorada y a pesar de haber sufrido mucho, no renunciaba a enamorarse de nuevo. Si no estás enamorado es que estás muerto, decía.

Carlos, se dio cuenta de que llegaban a la estación y decidió preguntar a Lucia como había hecho para llegar al tren, y sobre todo cómo había cambiado su forma. Lucía contestó: “En los trenes siempre hay luna llena y la luna puede cambiarte”. A continuación, Lucia desapareció.

Un desafío de semana santa

Después de las vacaciones, y no solo de semana santa, vamos a seguir con los desafíos. Este es complicado para el dibujista, aquí está el cuento:

Salimos de viaje, ya está todo en el coche, apenas cabían las maletas. #findevacaciones

A mama siempre le faltaban unas bolsas de última hora. #receurdosdeinfancia

Por fin en el coche, ahora serán unas horas para pensar si la música no me absorbe. #quepaz

Como progresamos, aquí antes no se oía la radio, ahora en radio3 suena US Rails. #grupazo

Los ojos en la carretera la cabeza vuela entre los molinos, se cruza con los buitres, siempre pensé en qué ven los buitres. #locurasdeniño

Ahora duerme toda la familia. Y si no estuviera aquí. ¿Como serían otras vidas? #pensando

WTF se ha pinchado una rueda. #averíasdeverano

Pararon el coche junto a un campo de trigo enorme, el viento formaba olas con las espigas, y de vez en cuando, se escuchaba el ruido de un camión pasar.

Su hijo desapareció como por arte de magia. Se cayó por una agujero que estaba tapado por el trigo.

Cuando por fin llegó la guardia civil el padre no podía hablar, se había quedado sin alma, era como si su alma se hubiera caído por el agujero con el niño. Solo pudo darles su teléfono móvil para que la guardia civil viera sus últimos tuits.

La operación de búsqueda comenzó enseguida. Tres helicópteros, un centenar de voluntarios y una docena de perros policía venidos de Palencia.

Nadie se explicaba lo que había podido pasar, solo habían parado a cambiar la rueda pinchada, y mientras él preparaba los bocadillos, su mujer cambiaba la rueda.  Los niños se pusieron a corretear por el campos de trigo, se escondían agachándose entre las espigas. Julio, entre bocata y bocata, los miraba de reojo.

Cuando María empezó a llamar a Claudio a voz en grito, él pensó: “Otra vez sacándola de quicio, cuando aprenderá…” Pero esta vez los gritos de María no paraban y él empezó a preocuparse.

Oteó el campo de trigo buscando algún rastro de Claudio, él también empezó a llamarlo: “¡¡¡Claudio!!! Ya está bien, sal que tenemos que seguir viaje.” Pero Claudio no contestaba. Luego vino la llamada al 112, la desesperación, la llegada de los primeros guardias civiles, los voluntarios, los perros, los helicópteros y todo lo demás. Fueron 24 horas de angustia terrible, él no se quiso ir a dormir, estaba empeñado en que su hijo estaba en algún lugar de aquel campo de trigo.

Justo a las 24 horas y 15 minutos de la desaparición de Claudio se empezó a oír como un escape de gas que salía del campo de trigo, era como el ruido que hacen los bufones en el mar, pero continuo y cada vez más fuerte. Por un instante se paró el ruido como si el tubo se hubiera atascado y, a los pocos segundos, se oyó una explosión. Todos miraron al cielo para ver lo que había salido despedido y, para su sorpresa, vieron a Claudio empezando a caer con un paracaídas azul.  La cara de todos era una mezcla de alegría, incredulidad y asombro.

Claudio aterrizó con toda naturalidad, recogió el paracaídas como si lo llevara haciendo toda la vida, y lo tiró al agujero del campo de trigo que inmediatamente después se cerró.

Después de los abrazos, las preguntas sin respuesta, las lágrimas, las palabras de agradecimiento… la familia siguió viaje.  Claudio se acercó a su padre y le dijo:

“Papa, vengo de la otra vida que soñabas mientras conducías, y solo quiero decirte que no es mejor que la que tienes, no te iba a gustar.”

Llegando a casa. #viajesincreibles

Mañana es lunes, vuelta a la rutina. #tuitsdedomingo

Buenas noches a todos y mi FF a @guardiacivil de Palencia.