Menorquinas

menorquinas peque

Cuando abrieron el ataúd encontraron un esqueleto que parecía que estaba sonriendo.
La constructora iba a levantar un nuevo centro comercial en el antiguo cementerio y, por una vez, se habían propuesto hacer las cosas bien. Cada tumba era exhumada con cariño y cuidado. Llevaban ya 179 tumbas y ésta era la única donde el esqueleto no daba miedo. Tenía aún una sonrisa especial y, aunque toda la ropa estaba roída, se conservaban bien unas viejas menorquinas.
Manuel, el dueño de la promotora, recibió a los operarios en su despacho cuando le fueron a contar que habían encontrado un esqueleto especial. Nicolás Gracia era el nombre del difunto. A Manuel le interesó la historia y se propuso saber que había sido de Nicolás y averiguar la historia de aquellas menorquinas.
Después de muchas vueltas, encontró a Victoria en la taberna del puerto, una viejecita que le invitó a sentarse con ella para hablar de Nicolás. Nicolás había sido el zapatero del pueblo. Sobrevivía en invierno con cuatro arreglos y poco más, pero en verano no paraba de fabricar abarcas, trabajando 17 horas al día, sin apenas tiempo ni para comer.
Victoria le contó que una noche cuando fue a buscarle, Nicolás y ella habían sido novios, le encontró flotando sobre su mesa de trabajo, la habitación estaba iluminada por una luz muy potente y Nicolás parecía estar en trance. Al entrar ella en la habitación, la luz desapareció y Nicolás cayó al suelo. El coscorrón sonó a hueco y Nicolás se despertó con la cabeza dolorida. En medio de la conmoción, le explicó que el hada del verano le había encargado unas menorquinas de fiesta y que tendría que prepararlas en 24 horas. Nicolás trabajó sin descanso y preparó las mejores abarcas de su vida, resistentes y flexibles a la vez, se ajustaban al pie como un guante. El hada quedó encantada. En pago por las menorquinas, le dijo que eligiera un momento feliz de su vida y que, cada vez que se pusiera esas abarcas que ahora llevaba puestas, podría revivir ese momento.
Nicolás eligió aquel anochecer que vivió con Victoria, disfrutando de la puesta del sol detrás del puerto, mientras hacían el amor con el mar bañándoles los pies. A partir de entonces, cada vez que Nicolás se ponía sus viejas abarcas, podía revivir aquel momento. La separación de Victoria había sido muy dura, ella tuvo que salir del país perseguida por la dictadura y no pudieron ni despedirse.
Al principio se las ponía solo por las noches, antes de acostarse y, poco a poco, las menorquinas fueron ocupando más y más parte de su vida. Una tarde se tumbó en la cama con ellas puestas y estuvo dos semanas con una sonrisa en los labios, pero sin beber ni comer. No había manera de moverle ni despertarle. A final, murió con sus viejas zapatillas y así lo tuvieron que enterrar, nadie se las pudo quitar.
Manuel se quedó de piedra al oír la historia, estuvo tentado de quedarse él las menorquinas y vivir así aquella noche tan mágica, pero se dio cuenta de que pertenecían a Victoria. Llamó a su oficina y pidió que se las mandaran. Cuando Victoria recibió las menorquinas no pudo contener las lágrimas, la emoción de aquellos recuerdos no le cabía en el corazón. Las envolvió en un papel de seda y se fue a casa, no sin antes darle un beso de cariño a Manuel, que se fue a casa satisfecho y feliz.
Victoria llegó a casa, se hizo unas sopas de leche con pan y las disfrutó mientras miraba por la ventana al mar. Luego se lavó, se puso su mejor camisón y se acostó. Disfrutó de los recuerdos y, cuando estaba a punto de quedarse dormida, se puso las abarcas de Nicolás y sonrió.
Cuando la encontraron tenía una gran sonrisa de felicidad en su rostro, un camisón de hilo precioso y unas menorquinas que no hubo manera de quitarle.

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