Sueños de verano

Las cigarras no dejaban de hacer ruido, él pensó que el calor no era para tanto, al fin y al cabo  de vez en cuando corría un poco de brisa. Desde su tumbona veía la piscina , el agua en calma, como un espejo en el que se reflejaban los pinos. Incluso se distrajo un rato buscando a las cigarras en el reflejo de los árboles en el agua, siempre se le olvidaba que no hay manera de verlas en directo, mucho menos en un reflejo.

Manuel estaba deseando que sus amigos volvieran pronto con él, no soportaba estar solo. Había preparado el jardín, la barbacoa, las toallas, el cubo con cervezas muy frías, los aperitivos, en fin se lo había currado bien. Tuvo incluso tiempo de poner unas velas en el jardín para que todo tuviera el toque mágico de las noches de verano.

Por fin llegaron sus amigos,  venían de su excursión por la ciudad. Llegaron cansados, acalorados y con mucha sed. No tardaron ni 3 minutos en meterse en la piscina.  La piscina se revolvió, el agua ya no paraba de moverse empezaron los juegos y las risas, ahora si que no había quien buscara cigarras en el agua.  Alguien puso música y empezaron a bailar mientras se bebían las primeras cervezas.

La cena  estaba deliciosa, sobre todo el gazpacho que refrescaba el ambiente a pesar del ruido de las cigarras.

Buena comida, buena compañía, buena tertulia  y luego un helado. El plan había sido perfecto, todo había salido como había pensado. Manuel se sentó a disfrutar de su helado y sin darse cuenta se quedó dormido.

Cuando despertó de la pequeña cabezada preguntó por Iaia, y todos le miraron con sorpresa, ¿Iaia, quien es Iaia?.

Manuel no lo podría creer, le estaban tomando el pelo, pero si todo lo había hecho para ella, la fiesta, la barbacoa, el gazpacho, el helado, las velas. El vivía solo para poder estar con ella.

Todos se sintieron tristes cuando se dieron cuenta de que Manuel no había tomado su pastilla. Tuvieron que explicarle que Iaia era fruto de su imaginación, que Iaia no existía.  Tuvieron que enseñarle el vídeo en el que él se explicaba a sí mismo su enfermedad.

Manuel al principio no quiso escuchar, él solo quería por estar con ella.

Cuando por fin aceptó que Iaia no existía, que era solo fruto de su enfermedad, Manuel comprendió y se hundió a llorar. Todos se fueron de la casa, no había manera de consolarlo, así que lo dejaron dormido con un par de tranquilizantes.

A la mañana siguiente Manuel se despertó casi a las 12, confuso y atontado por el cóctel de medicinas, la cabeza le estallaba así que decidió tirar todas las medicinas, y darse una ducha fría. Le esperaba una mañana post-fiesta, recoger vasos y botellas, ordenar muebles, barrer, un fantástico plan después del disgusto del día anterior .

Terminó de recoger y se quedó dormido en el sofá mientras la televisión se ocupaba de dormirle.  Un beso dulce en su mejilla lo despertó de la siesta, Iaia lo besó con ternura hasta que Manuel se despertó del todo. Cuando la vio no sabía si estaba soñando, si era el síndrome de abstinencia, o si era su propia enfermedad. No podía distinguir la realidad de lo imaginado, pero no le importó, él solo quería estar con Iaia.

Abrazando  a Iaia peque

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