Ponte gafas

Juan dudaba si veía los colores igual que todos. En especial le preocupaba el azul, era su color preferido. No entendía porque otros podían elegir colores diferentes cuando el azul era claramente el mejor, pero cuando intentaba explicar a todos porque le gustaba tanto el color azul nunca lo conseguía.

No solo le pasaba con los colores, también le pasaba con las coronas élficas que asomaban alrededor de las puntiagudas orejas de sus vecinos. Todos las veían siempre con formas diferentes, según el espíritu y el ánimo de cada elfo. Esas coronas invisibles a los humanos, pero que otros elfos pueden ver, hablan del estado de ánimo de sus portadores. Son realmente útiles, hace que la vida sea más sencilla. Saber si tu vecino está de mal humor te hace ser más cuidadoso en el ascensor y, al final, la convivencia es más fácil.

Pero Juan siempre veía las coronas muy diferentes, tenía una cierta tendencia innata hacia el optimismo y siempre las interpretaba mal. Para él sus vecinos siempre estaban de mejor humor de lo que su corona realmente indicaba. Y eso acababa por crearle problemas. Le resultaba especialmente difícil con las elfas, ellas estaban acostumbradas a ser bien interpretadas y a ver sus deseos cumplidos, pero con Juan eso no era así. Juan siempre se equivocaba, pero no por torpeza, ni mucho menos, sino porque él veía las cosas de otra manera.

Juan decidió ir hasta un pueblo lejano donde se decía que había un gran brujo capaz de resolver su problema y otros mucho más graves. No fue un camino fácil, como Juan lo veía todo a su manera siempre se equivocaba de camino, cuando no se metía en un lío en las posadas. Pero ganó su determinación y al final llegó al pueblo del brujo.

Cuando se presentó ante él y le contó su historia, éste le dijo que su problema no era fácil de resolver. Juan se puso muy triste, él pensaba que ese gran chaman lo resolvería, tal vez con unas gafas, pero le dijo que en realidad su problema no era tan simple.

Ante la insistencia de Juan, el brujo le agarró las manos y le dijo la cruel realidad: Juan no tenía ojos. Juan había vivido sin ojos sin saberlo. Nunca nadie le había dicho que era ciego. Y él nunca lo había ni sospechado, su imaginación había hecho el trabajo que no podían hacer sus ojos.

Ponte Gafas peuqe

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