Siempre estaba soñando

Siempre estaba soñando con cómo sería su vida fuera de la jaula, se pasaba las horas mirando entre los alambres que la daban forma.

Cuando salía el sol, como siempre por el este, el se despertaba como automáticamente, no necesitaba despertador y en seguida empezaba su rutina. Primero un baño en el agua fresca de la bañera, jamás se preocupó de cómo se limpiaba la bañera o como se cambia el agua. Era una delicia sentir como el agua se mezclaba con los rayos de sol entre sus plumas.

Un buen rato después, cuando había disfrutado todo lo posible del baño, se dejaba secar al sol. Primero el ala derecha, luego la izquierda, a continuación el pecho, y por último dejándose colgar desde la barra que recorría de un lado a otro la jaula como si fuera un murciélago, conseguía que el sol le secara la tripa.

Una vez seco y brillante, no tenía más que acercarse al comedero donde siempre había grano fresco, y siempre de su marca favorita. Su dueña había aprendido que si cambiaba de marca el dejaba de cantar.

Con la tripa llena, las plumas acicaladas y el sol en el pico se acercaba al borde de la jaula y cantaba durante horas. Le gustaba mucho cantar le hacía sentirse feliz, lo hacía tan bien que su dueña se quedaba absorta mirándolo y escuchando sus cantos.

Cuando necesitaba descansar se refugiaba en su casita de madera donde siempre le esperaba su compañera. Ella era estupenda el sueño de cualquiera. Siempre a su lado, siempre cuidándolo.
Las tardes eran siempre de siesta hasta que se ponía el sol y sentía la necesidad de cantar de nuevo, volvía a acercarse al borde de la jaula y cantaba al atardecer. Parecía que el sol hervía sobre el mar con cada puesta de sol pero en lugar del bullir de las burbujas de agua lo que todo el barrio oía era su canto.
Cuando la noche se hacía con el cielo era cuando empezaba su tortura, en especial si había luna llena. Su mente se disparaba y se llenaba de sueños y aventuras, pensaba en cómo sería su vida alejado de la deliciosa rutina diaria.

Unos días pensaba en como viviría libre en la ciudad, volando de ventana en ventana, eligiendo con quien quería compartir sus canciones. Sabía, por qué se lo contó una vez su padre, que la vida en la ciudad podía ser muy dura, que a veces llovía, incluso recordaba que una vez vio nevar desde la ventana y pensó en el frío que haría en la calle. También sabía que había gatos que se alimentaban de los de su clase y que hacían que la vida en la calle estuviera llena de estrés y tensión. A pesar de todo soñaba con poder dejar la jaula y escapar a vivir en la ciudad.

Otras veces soñaba con viajar en un barco, mejor aún, a veces el barco era de piratas. Dos veces estuvo a punto de ser acribillado por una flecha en una de las batallas que habría librado en defensa de la libertad y la justicia , eso era lo que soñaba poder contar junto a una hoguera en una playa del caribe a los más jóvenes.

Tenía otros muchos sueños, siempre llenos de aventuras, emociones, y mucha pasión. Pero quién iba a cambiar una vida perfecta en la que era feliz por otra llena de incertidumbres, peligros y desventuras. Había que ser idiota para cambiar su vida por esos sueños. Pero en el fondo el se sentía triste porque no podía cambiar de vida, vivía en una jaula.

Aunque lo que más triste y hundido lo dejaba cada noche, era que en el fondo de su corazón sabía que en realidad, la cerradura de la puerta de la jaula estaba rota, y para salir sola había que empujarla y volar.

Pablo y su mantita

Baje al trastero del garaje para buscar unas tablas para hacer una chapuza. Ahí estaban, arrinconadas en la zona de trastos guardados por si acaso en un futuro… No me acordaba bien donde estaban y cuando las encontré y las baje de lo más alto del estante.  Separé las que estaban rotas y cuando la vi,  todo se paró. Apareció  una sonrisa que tenía olvidada y volví veinte años atrás.

Pablo y su mantita”, agosto del 96. Un título para un dibujo hecho por mí a línea, sobre una simple tabla de contrachapado preparada burdamente con Gesso blanco.  Me acordé de cuando lo había hecho. Me acordé  de  su momento.

Sólo línea.

pablo y su mantita blanco y negro peque

Sin color.

Y era yo, detrás, observando la paz que transmitía su sueño, sus juguetes, sus cosas  y su eterna mantita azul cielo que chupaba y tocaba hasta caer en ese sueño  gozoso que sólo un bebe sabe tener.

Y yo había hecho eso. Había querido capturar ese momento, esa energía.

Me emocioné. Tenía  guardado esa tabla como si nada. Sólo en el trastero, me quede quieto.

Subí las tablas a casa. No dije nada al principio. Bromee con lo que había encontrado. Pablo salió al pasillo, la vio y sonrió con esa sonrisa de medio lado divertida muy Bond que ha echado estos veinte años.

Y lo vi claro. La tabla tenía que ser a color. Porque mi recuerdo era a color. Porque esos momentos eran a color.

Pero las líneas tenían un hechizo especial como el de las fotos sesenteras en blanco y negro de mis padres. Tenían vida propia también. Si las coloreaba a lo mejor lo que hacía era cambiar el pasado y  las cosas ya no serían igual

Cogí el ipad y sobre una foto de esa tabla dibujé otra vez a “Pablo y su mantita”. Pero esta vez con color.

pablo y su mantita color peque

Porque tengo la “Buena Suerte” de que he vivido y vivo siempre con color y no siempre me doy cuenta.

Gracias, mantita de Pablo.

El sueño del rayo verde

El_sueno_del_rayo_verde_peque

Aquella tarde se acercó al mirador, quería buscar el rayo verde. Conocía la leyenda de los marineros de su pueblo, contaban que cuando navegaban más allá del cabo de la Labarca en busca de anchoas, y si el día había sido bueno, entonces podían dejar de trabajar un rato antes de la puesta de sol y sentados con los pies colgados por la borda de poniente, a veces, si había suerte, se podía ver el rayo verde en el horizonte. Los marineros decían que sí veías el rayo verde entonces las sirenas saltaban sobre el barco y cantaban canciones de amor junto a los marineros toda la noche.

El estaba lejos del mar así que no corría peligro de que alguna sirena lo asaltara, al fin y al cabo él no quería líos, sólo estaba allí para disfrutar de la vista.

El sol empezaba a bajar en el horizonte. Estaba un poco intranquilo, pensando en no dejar de mirar al sol, sabía que el rayo solo dura uno o dos segundos.
Hacía mucho viento y el mar estaba muy movido, casi parecía que el viento y el mar compartían su nerviosismo.

El miraba al mar y a veces le parecía ver saltar delfines entre las olas, o quizás serían sirenas preparándose para saltar sobre los barcos ahora que el sol se acercaba al punto del horizonte donde nace el rayo verde.
El sol ya tocaba el mar en el horizonte, quedaban pocos minutos para que se oculte del todo, y él se decidió a no perderlo de vista ni un segundo. Hizo un esfuerzo enorme para no parpadear, y cuando el rayo verde estaba a punto de aparecer un golpe de viento lo levantó por el aire y lo tiró al mar, allí una ballena enorme lo recibió con la boca abierta y se lo tragó.

La ballena se sumergió a toda velocidad y antes de que pudiera darse cuenta se encontraba en una cueva bajo el mar. No era una cueva oscura, ni triste, ni agobiante. Parecía más bien la entrada a un palacio. En la puerta había dos soldados con un tridente de chocolate que cuando se acercó a ellos le abrieron el paso y la puerta. El atravesó la puerta y entró en la calle de las canciones, era como si las casas no fueran casas sino canciones. Estaban todas sus canciones, desde las que le cantaba su madre en la cuna hasta la última que había escuchado, pasando por supuesto por las de su primer beso, o la primera cena romántica. En una boca calle un poco más oscura estaban las canciones tristes, pero no quiso ni acercarse.

Siguió andando por la calle de las canciones hasta que llegó al merendero, ya sabes esas mesas de madera que tienen banco y que hay siempre en los merenderos. Se sentó y al poco se le acercaron dos sirenas y empezaron a cantar para él mientras los camareros le traían una cerveza suave.
No recordaba cuanta cerveza había bebido, ni cuantas canciones cantó con las sirenas, sólo recordaba que fue una noche deliciosa. Si es verdad que lo de salir por los aires y ser tragado por una ballena no suena a buen recuerdo, pero eso fue sólo un segundo, y las canciones y la cerveza duraron toda la noche. El había amanecido en su cama, a pesar de todo no tenía resaca, y se levantó de muy buen humor. Estuvo todo el día recordando lo que había vivido y pensando sobre sí volvería al mirador a buscar el rayo verde. Le dio tantas vueltas que parecía que se había quedado mudo. Finalmente tomó una decisión.

Si alguna vez vas al mirador, y ves el rayo verde, cuidado con el viento y sobre todo con las ballenas.

Rayos verdes, ballenas, sirenas, canciones, etc.

Aquí está el desafío para el dibujante, veremos como lo resuelve el dibujista, este cuento tiene de todo.

Aquella tarde se acercó al mirador, quería buscar el rayo verde. Conocía la leyenda de los marineros de su pueblo, contaban que cuando navegaban más allá del cabo de la Labarca en busca de anchoas, y si el día había sido bueno, entonces podían dejar de trabajar un rato antes de la puesta de sol y sentados con los pies colgados por la borda de poniente, a veces, si había suerte, se podía ver el rayo verde en el horizonte. Los marineros decían que sí veías el rayo verde entonces las sirenas saltaban sobre el barco y cantaban canciones de amor junto a los marineros toda la noche.

El estaba lejos del mar así que no corría peligro de que alguna sirena lo asaltara, al fin y al cabo él no quería líos, sólo estaba allí para disfrutar de la vista.

El sol empezaba a bajar en el horizonte. Estaba un poco intranquilo, pensando en no dejar de mirar al sol, sabía que el rayo solo dura uno o dos segundos.
Hacía mucho viento y el mar estaba muy movido, casi parecía que el viento y el mar compartían su nerviosismo.

El miraba al mar y a veces le parecía ver saltar delfines entre las olas, o quizás serían sirenas preparándose para saltar sobre los barcos ahora que el sol se acercaba al punto del horizonte donde nace el rayo verde.
El sol ya tocaba el mar en el horizonte, quedaban pocos minutos para que se oculte del todo, y él se decidió a no perderlo de vista ni un segundo. Hizo un esfuerzo enorme para no parpadear, y cuando el rayo verde estaba a punto de aparecer un golpe de viento lo levantó por el aire y lo tiró al mar, allí una ballena enorme lo recibió con la boca abierta y se lo tragó.

La ballena se sumergió a toda velocidad y antes de que pudiera darse cuenta se encontraba en una cueva bajo el mar. No era una cueva oscura, ni triste, ni agobiante. Parecía más bien la entrada a un palacio. En la puerta había dos soldados con un tridente de chocolate que cuando se acercó a ellos le abrieron el paso y la puerta. El atravesó la puerta y entró en la calle de las canciones, era como si las casas no fueran casas sino canciones. Estaban todas sus canciones, desde las que le cantaba su madre en la cuna hasta la última que había escuchado, pasando por supuesto por las de su primer beso, o la primera cena romántica. En una boca calle un poco más oscura estaban las canciones tristes, pero no quiso ni acercarse.

Siguió andando por la calle de las canciones hasta que llegó al merendero, ya sabes esas mesas de madera que tienen banco y que hay siempre en los merenderos. Se sentó y al poco se le acercaron dos sirenas y empezaron a cantar para él mientras los camareros le traían una cerveza suave.
No recordaba cuanta cerveza había bebido, ni cuantas canciones cantó con las sirenas, sólo recordaba que fue una noche deliciosa. Si es verdad que lo de salir por los aires y ser tragado por una ballena no suena a buen recuerdo, pero eso fue sólo un segundo, y las canciones y la cerveza duraron toda la noche. El había amanecido en su cama, a pesar de todo no tenía resaca, y se levantó de muy buen humor. Estuvo todo el día recordando lo que había vivido y pensando sobre sí volvería al mirador a buscar el rayo verde. Le dio tantas vueltas que parecía que se había quedado mudo. Finalmente tomó una decisión.

Si alguna vez vas al mirador, y ves el rayo verde, cuidado con el viento y sobre todo con las ballenas.

Dibujandose

esperando

No sabía que dibujar, llevaba toda la tarde tirado en el sofá con el iPad entre las manos, a veces se había quedado dormido y le despertaba el susto del iPad que se caía de entre sus manos.

Al final, decidió dibujarse a si mismo, y luego otra vez, y luego otra, y otra, y otra… No podía parar se había metido en un bucle del que no sabía como salir, cada vez que acababa de dibujarse tenía que volver a dibujarse dibujando.

Su mujer le gritó desde la cocina: “Cariñooooo, tienes que ir a buscar a los niños y acuérdate de comprar aceitunas antes de volver”. El la oyó, pero no pudo moverse, no podía separarse del dibujo, no podía moverse del sofá, no podía contestar, no podía pensar. Tan sólo sentía una angustia tremenda porque se daba cuenta de que se había metido en un bucle del que no podía salir.

Su mujer volvió a gritarle desde la cocina, pero esta vez el tono era mucho más agresivo: “Agustín siempre te quedas encerrado en tus dibujos, ¿quieres dejarlo de una vez e irte a por los niños? Cómo llegues tarde se van poner malos esperando en la calle con el frío que hace”.

Esta vez también la oyó y tampoco pudo hacer nada por dejar de dibujar. A los pocos minutos, su mujer salió de la cocina a buscarlo dando un portazo y tirando el trapo contra la puerta descargando su enfado, en realidad descargaba los enfados de los últimos 20 años, y cuando llegó empezó a gritarle.

Primero desde la puerta del salón, luego junto a él. Él la oía, quería dejar de dibujar, pero no podía hacer nada. Cuando su mujer fue a zarandearle salió rebotada por una esfera de luz que apareció envolviéndole, como si fuera una burbuja protectora. Ahora sí, ella también se asustó. El seguía tan asustado o más que antes, pero aun así no podía dejar de dibujar.

Cuando Luisa se recuperó del golpe contra la pared y del susto, que fue mas que el golpe, intentó de nuevo acercarse a él, pero de nuevo la esfera la despidió hacia la pared. El se asustaba cada vez más, pero no podía hacer nada, seguía dibujandose dibujando y no podía parar.

Luisa llamó al 112. Como no la creyeron, tuvo que cambiar la historia y decir que su hijo se había caído por la escalera.

Agustín seguía dentro de la esfera, seguía dibujándose dibujando, no necesitaba comer, no necesitaba beber. No podía dejar de dibujar.

Cuando llegaron los de emergencias e intentaron acercarse a Agustin, estos también salieron despedidos. En menos de media hora había todo tipo de cuerpos especiales, seguridad nacional, la policía, la guardia civil, grupos de investigación.

Agustín seguía dentro de la esfera, seguía dibujándose dibujando, no necesitaba comer, no necesitaba beber. No podía dejar de dibujar.

Aquello se convirtió en noticia en todos los telediarios. Al final vinieron expertos del todo el mundo, incluso unos chinos que habían oido hablar de un lama al que según la leyenda le había pasado algo parecido.

Después de varios meses de investigaciones y pruebas, nadie consiguió entender que era aquella esfera o de donde procedía su energía.

No pudieron moverla, nada podía atravesarla.

Agustín seguía dentro de la esfera, seguía dibujándose dibujando, no necesitaba comer, no necesitaba beber. No podía dejar de dibujar.

Es verdad que los primeros días fueron un horror, el terror recorría su cuerpo y le llevaba el nudo del estómago hasta la garganta. Al principio era el miedo a morir, luego fué el miedo a sufrir dentro de aquella esfera. Pero el ser humano se acaba acostumbrando a todo, y pasadas las primeras semanas, Agustín aceptó aquella extraña realidad, se relajó y decidió concentrarse en el dibujo.

Después de todo siempre le había gustado dibujar, así que siguió dibujándose dibujando. Agustín seguía dentro de la esfera, seguía dibujándose dibujando, no necesitaba comer, no necesitaba beber. No podía dejar de dibujar.

Ava

avaCarlos se había vuelto a quedar dormido en la estación. Le despertó una señora mayor que se sentó a su lado y le dio un bolsazo en la cara. Afortunadamente, en la bolsa solo había un sombrero de paja y fueron más el susto y el ruido que el golpe. Cuando miró el reloj, salió corriendo hacia el andén. Su tren estaba a punto de salir. Según corría, se imaginaba a si mismo cogiendo el tren en marcha, tirando su maleta al pescante y luego saltando. Pero hoy los trenes ya no son así, hay que correr antes de que el tren empiece a andar. Quizás los trenes ya no son aquellos animales mitológicos que cantaba Miguel Ríos.

Carlos llegó por los pelos y, cuando localizó el asiento 8B, se quedó sorprendido al ver a su compañera del 8A. Era la vieja que le había despertado en la estación. ¿Cómo había llegado ella hasta allí? Iba llena de bolsas, parecía tener 88 años y se movía con dificultad, incluso parecía que los temblores de sus manos indicaban un parkinson avanzado.

Sin poder decir nada, sin nada que se le ocurriera, se sentó junto a la anciana. Los primeros minutos fueron de silencio, pero enseguida la señora empezó a hablar con él. Le contó que iba a Madrid a ver a sus bisnietos, estaban a punto de hacerla tatarabuela, y no quería por nada del mundo perderse el nacimiento de su descendiente número 140. (6 hijos, 36 nietos, y ya iba por 139 bisnietos).

Carlos no sabía que pensar, lo de que Lucía, así se llamaba la anciana, hubiera llegado antes que él le tenía loco, pero por otro lado no podía ser una viejecita más pesada y aburrida. La conversación no era nada interesante, ella le hablaba de cada uno de sus hijos, de los nietos no se acordaba del nombre de muchos, y de los bisnietos ni hablamos.

Solo faltaban dos horas y media de viaje, Carlos pensaba que iban a ser eternas. A cada minuto, Lucía se le hacía más y más insoportable. Cuando estaba pensando en darle una voz a la vieja y decirle que se callara de una vez, ella le cogió el dedo meñique y, de repente, se transformó en una mujer espectacular. Si yo supiera escribir, os diría que era la reencarnación de Ava Gadner, pero con unos ojos aún más poderosos que los que tenía la diva de los 40.

Carlos se quedó obnubilado sin poder apartar la vista de los ojos de Lucía o quien fuera. Sin poder evitarlo empezó a hablar con ella sobre sus sentimientos más profundos, sobre cómo sobrevivir al amor. Carlos estaba perdidamente enamorado de una mujer con la que sabía que nunca podría estar. Alejandra estaba casada, no sabemos si felizmente, pero si casada y tenía 4 niños. Así que Carlos sabía que lo suyo era imposible.

Empezó a hablar con Lucia de como, cada mañana, él se despertaba pensando en Alejandra, con un punto siempre de tristeza, pero luego empezaba el día y su trabajo lo absorbía y parecía que la olvidara. Pero cada vez que durante el día Carlos tenía un segundo de descanso, y su mente se quedaba en blanco siempre aparecía como por arte de magia el sentimiento y el recuerdo de Alejandra.

Parecía que Lucía lo entendía. Ella era comprensiva, y Carlos sintió que no tenía mas que explicar, por fin una amiga le había entendido. Estuvieronn un buen rato riendo y compartiendo recuerdos y aventuras apasionadas. Lucía había estado cientos de veces enamorada y a pesar de haber sufrido mucho, no renunciaba a enamorarse de nuevo. Si no estás enamorado es que estás muerto, decía.

Carlos, se dio cuenta de que llegaban a la estación y decidió preguntar a Lucia como había hecho para llegar al tren, y sobre todo cómo había cambiado su forma. Lucía contestó: “En los trenes siempre hay luna llena y la luna puede cambiarte”. A continuación, Lucia desapareció.

Un desafío en un tren con luna llena

Aquí está el nuevo desafío para el dibujista, un tren y mucha luna:

Carlos se había vuelto a quedar dormido en la estación. Le despertó una señora mayor que se sentó a su lado y le dio un bolsazo en la cara. Afortunadamente, en la bolsa solo había un sombrero de paja y fueron más el susto y el ruido que el golpe. Cuando miró el reloj, salió corriendo hacia el andén. Su tren estaba a punto de salir. Según corría, se imaginaba a si mismo cogiendo el tren en marcha, tirando su maleta al pescante y luego saltando. Pero hoy los trenes ya no son así, hay que correr antes de que el tren empiece a andar. Quizás los trenes ya no son aquellos animales mitológicos que cantaba Miguel Ríos.

Carlos llegó por los pelos y, cuando localizó el asiento 8B, se quedó sorprendido al ver a su compañera del 8A. Era la vieja que le había despertado en la estación. ¿Cómo había llegado ella hasta allí? Iba llena de bolsas, parecía tener 88 años y se movía con dificultad, incluso parecía que los temblores de sus manos indicaban un parkinson avanzado.

Sin poder decir nada, sin nada que se le ocurriera, se sentó junto a la anciana. Los primeros minutos fueron de silencio, pero enseguida la señora empezó a hablar con él. Le contó que iba a Madrid a ver a sus bisnietos, estaban a punto de hacerla tatarabuela, y no quería por nada del mundo perderse el nacimiento de su descendiente número 140. (6 hijos, 36 nietos, y ya iba por 139 bisnietos).

Carlos no sabía que pensar, lo de que Lucía, así se llamaba la anciana, hubiera llegado antes que él le tenía loco, pero por otro lado no podía ser una viejecita más pesada y aburrida. La conversación no era nada interesante, ella le hablaba de cada uno de sus hijos, de los nietos no se acordaba del nombre de muchos, y de los bisnietos ni hablamos.

Solo faltaban dos horas y media de viaje, Carlos pensaba que iban a ser eternas. A cada minuto, Lucía se le hacía más y más insoportable. Cuando estaba pensando en darle una voz a la vieja y decirle que se callara de una vez, ella le cogió el dedo meñique y, de repente, se transformó en una mujer espectacular. Si yo supiera escribir, os diría que era la reencarnación de Ava Gadner, pero con unos ojos aún más poderosos que los que tenía la diva de los 40.

Carlos se quedó obnubilado sin poder apartar la vista de los ojos de Lucía o quien fuera. Sin poder evitarlo empezó a hablar con ella sobre sus sentimientos más profundos, sobre cómo sobrevivir al amor. Carlos estaba perdidamente enamorado de una mujer con la que sabía que nunca podría estar. Alejandra estaba casada, no sabemos si felizmente, pero si casada y tenía 4 niños. Así que Carlos sabía que lo suyo era imposible.

Empezó a hablar con Lucia de como, cada mañana, él se despertaba pensando en Alejandra, con un punto siempre de tristeza, pero luego empezaba el día y su trabajo lo absorbía y parecía que la olvidara. Pero cada vez que durante el día Carlos tenía un segundo de descanso, y su mente se quedaba en blanco siempre aparecía como por arte de magia el sentimiento y el recuerdo de Alejandra.

Parecía que Lucía lo entendía. Ella era comprensiva, y Carlos sintió que no tenía mas que explicar, por fin una amiga le había entendido. Estuvieronn un buen rato riendo y compartiendo recuerdos y aventuras apasionadas. Lucía había estado cientos de veces enamorada y a pesar de haber sufrido mucho, no renunciaba a enamorarse de nuevo. Si no estás enamorado es que estás muerto, decía.

Carlos, se dio cuenta de que llegaban a la estación y decidió preguntar a Lucia como había hecho para llegar al tren, y sobre todo cómo había cambiado su forma. Lucía contestó: “En los trenes siempre hay luna llena y la luna puede cambiarte”. A continuación, Lucia desapareció.

Tagete

Tagete peque

Guillermo era el alcalde de su pueblo: Sotillo del Ideal. Llevaba siendo alcalde más de 5 legislaturas. Guillermo era de esas personas que caen bien a todo el mundo, tenía la capacidad de conciliar los intereses y pasiones de todos los que estaban a su alrededor.

Aquella vez que el pueblo estuvo a punto de partirse por la mitad por culpa del proyecto de la central eléctrica, él fue capaz de armonizar todos los intereses y encontrar una solución que gustó a todos.

Pero esa capacidad de equilibrio que era su principal virtud, era al mismo tiempo su peor maldición. Guillermo nunca pudo encontrar pareja, aquella vez que estuvo tan colgado por Rodrigo no se atrevió a dar los pasos necesarios para salirse de los esquemas tradicionales.

Siempre se arrepentiría de no haber estrechado a Rodrigo entre sus brazos y, cogiéndole del cuello, haberle besado con todo el alma, con todas sus tripas volcadas en ese beso para luego, sobre esa pasión instantánea, construir una vida digna de ser contada. Eso requería mucho coraje, mucha gente a la que decepcionar y a la que dejar colgada. Su espíritu conciliador no se lo permitía.

Guillermo vivía solo en un pequeño chalet adosado en el centro de su pueblo. En aquella casa tan normal solo se permitía un pequeño capricho en forma de actitud radical: su jardín. Era verde, absolutamente verde, sin una sola mancha de otro color. Como si hubiese sido pintado pantonera en mano, ajustándolo al Pantone 376 U. Guillermo empleaba sus tardes en cuidar su jardín, limpiandolo de cualquier pequeña planta que no cumpliera con el verde 376U. Esa era la única radicalidad que se permitía en su vida.

Una mañana cuando se levantó y miró a su jardín vio una enorme flor en el centro. ¿De dónde había salido aquel horror? Se puso un pantalón corto y bajo corriendo al jardín, arrancó la flor y volvió a dejar el jardín perfectamente verde, no cualquier verde, sino  el verde del Pantone 376U que él había elegido. A la mañana siguiente, se despertó aterrorizado con la idea de que la flor estuviera allí de nuevo, pero no, en su pradera perfecta no había crecido ningún engendro anaranjado. Días después, cuando creía que lo de la flor había sido una simple anécdota, una nueva aberración se erguía en medio de su jardín.

Lo cierto era que cuando tocaba la flor para arrancarla, su espalda se estremecía. Y es que; tenía que ser honesto consigo mismo, aquella flor le gustaba. Pero no podía permitir que aquello se impusiera sobre su necesidad de tener un jardín auténtica y únicamente verde. Al fin y al cabo, su jardín era la envidia de todos, y hasta había salido una vez en la tele “El alcalde jardinero del Pantone perfecto”. Su verde era tan adecuado para un jardín que Google había usado el Pantone 376 U como referencia de color para todas las fotos de su aplicación de mapas.

Cada mañana que la flor aparecía, Guillermo la arrancaba de cuajo, con raíces y todo, se estremecía y se iba a trabajar.  Las primeras 189 veces no tuvo problema en hacerlo, pero de repente algo cambió, alguien volvió a su vida y las siguientes 76 veces se le hicieron un poco más cuesta arriba.

Al final, Guillermo se tuvo que rendir a la evidencia. Aquel tagete amarillo y naranja se había instalado en su jardín para siempre y podía ser feliz con él. La vida es así, se decía Guillermo cuando por las noches, antes de dormir, añoraba su verde perfecto.

Una tarde, por sorpresa,  Rodrigo volvió a su casa,  vino a contarle que estaba de nuevo solo que ya no tenía pareja. Cuando salió al jardín le dijo: “¿cómo sabías que el tagete es mi flor preferida?.